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La belleza inacabada
Hemos llegado al final del camino y no veo a los jinetes del Apocalipsis.
Hemos llegado al fin del mundo y yo de aquí no paso ni tengo ganas de esperar por ellos, por cierto, ¿cuántos son?
Nadie contestó, seguíamos mirando el fin del mundo como embelesados, una auténtica obra de arte inacaba, dijo alguno de nosotros.
¿Quién lo ha hecho?
Nadie lo sabe, es la primera vez que estamos aquí, ¿por qué lo quieres saber?
No sé si es curiosidad o afán de transcendencia, en cualquier caso, quisiera saberlo y que quede claro que yo de aquí tampoco paso.
Por cierto, creo que alguien ya lo ha preguntado, pero ¿cuántos son los jinetes del Apocalipsis?
Me gustan los abismos más que los apocalípticos, por consiguiente, me da igual cuantos sean, pero yo también quiero dejar constancia que de aquí no paso, ¿alguno de vosotros ha traído el sapo?
Nos miramos todos y todos afirmamos con la cabeza.
Sin sapo, no habría jinetes y sin jinetes el Apocalipsis quedaría lejos; hay una cosa que me preocupa, estamos aquí para esperar a unos jinetes que pueden venir montados sobre cualquier cosa, los caballos hace tiempo que han dejado de ser un medio de transporte, y ninguno de nosotros, ignorantes, sabemos cuantos son.
Miremos el abismo, el fin del mundo es agradable, fijaos allí, debe de ser por donde se ponen las estrellas cuando se retiran, ¿alguien ha escuchado decir que son enormes?, ¿qué se comen entre ellas a través de agujeros negros que tienen tanta capacidad de absorción que no dejan escapar ni la luz?, ¡avaros!, ¡mirad, mirad, ahí va la luna, ¡joder, espero que no se desequilibre y se hunda en un abismo de melancolía!… ahora que bien pensado, no estaría mal por todo lo que lleva haciendo en la tierra, con los licántropos se pasa, a los enamorados los deja tontos, revoluciona las mareas y a un toro que ama su reflejo en las aguas del río abandona por las noches la manada, pero si ella se desequilibra, supondría para la tierra un enorme trastorno o cataclismo.
Parecéis corrotas, digo cotorras, no paráis de hablar y los jinetes, los que sean, siguen sin aparecer, si no fuera porque el fin del mundo es tan hermoso, ahora mismo me iría; a propósito, se me ocurre una pregunta, ¿creéis que esto está terminado?
Ninguno contestó, pero todos pensamos en la Sagrada Familia.
Esto es de locos, todos hemos pensado en la Sagrada Familia: José, María y Jesús, no sé si eran más, ¿primos, tíos y abuelos cuentan?
No contestaré a eso, además algo o alguien se acerca, si son los jinetes, mostraos firmes, tu, Juan Ramón, alisa la casaca, joder, que la has puesto perdida de estar apoyado con el pecho sobre el suelo mirando el precioso precipicio.
No sé si serán los caballeros apocalípticos, no escucho ruido de cascos, más bien parece el ruido de un dos caballos, o, talvez, de un Diane seis, si son ellos, una cosa tengo clara, les gusta la Citroen.
¡Maldita sea!, ¿podéis callaros?
Al unísono volvimos nuestra mirada hacia el abismo, y así, sin hablar, quedamos fascinados. Mientras los jinetes se aproximaban; cuando nos alcanzaron vimos que en el caballo blanco venía la Victoria derrotada; montando un rocín rojo estaba el Señor, aunque parecían muchos, de la Guerra y se le veía contento; sobre la desnutrida montura negra, estaba el Hambre con cara de famélica preocupación e, imponente, el caballo bayo, transportaba sobre su espalda a la Muerte, que destacaba sobre los otros jinetes por su hermosura, los cascos de sus monturas retumbaban en nuestros oídos como el ronroneo agónico de los dos cilindros del Diane seis y, maravillados, creímos que aquellos cuatro se parecían mucho al fin del mundo; donde llevábamos poco tiempo, ¡no, no, lo recuerdo perfectamente, tú no estabas!
© Francisco Devesa – 2011
Publicado en Quimeras
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¿A quien espera?
Haré una consulta, dijo Javi, y tomó la pistola y la careta. Los demás lo secundamos. Estábamos todos armados con pistolas y máscaras esperando su decisión. Consumió un tiempo antes de decir algo. No nos miró. Parecía concentrado, analizando cada uno de los factores de peligro con los que nos podíamos encontrar. Luis encendió un cigarrillo de esos de mentira o electrónico y lanzó su humo al aire adoptando la pose de interesante que lo caracterizaba. Gonzalo lo miró fascinado. Seve sonrió mientras pasaba la mano por el caño del arma. Yo me impacientaba. Alfonso se sentó en una caja de cervezas y María José se sentó a su lado. ¿Qué cojones le pasa? Javi levantó la cabeza, parecía un sabueso oteando el aire y daba la sensación de estar en trance. ¿Recuerdas? Luis, largando humo por la nariz, hizo movimientos afirmativos. Javier se volvió hacia nosotros y dijo: Hoy, en el asalto, morirá uno, pero no pude determinar quien de nosotros va a ser; sería conveniente abortar el asalto, ¿qué opináis? Nadie contestó. El silencio se prolongó y, después de recorrer nuestras almas, se apostó en cada rincón de la casa y cuanto más tiempo pasaba, más difícil parecía de romper. Así estuvimos hasta que Luis dijo: ¡El hombre que sabe fumar, echa el humo después de hablar!, ¡nada de abortos!, eso no es discutible, el que no quiera venir, que se quede, está en su derecho, pero hemos estado demasiado tiempo planeando esto como para interrumpirlo ahora porque uno de nosotros puede palmarla, yo no quedo en este miserable antro mientras consumo boquillas de mierda; además, no tenemos más alcohol. Nadie dijo nada, nadie estaba hablador ese día. Javier se puso en marcha y nosotros lo seguimos. Por fin empezaba a pasar algo. Hacía calor y todos sudábamos.
© Francisco Devesa – 2011
Publicado en Las muertes
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Frío en el cuerpo
Es el frío, dijiste, y bajaste la cabeza como si fueras a encontrar calor en el suelo. Tu madre miraba sin comprender y, como si sintiese una imperiosa necesidad de eclipsarse, se marchó a la cocina sin a penas hacer ruido. Luego te sentaste con el mando de la tele en la mano y yo seguía callado, te observaba y no conseguía saber que pasaba, esperando de un momento a otro ver aparecer imágenes en la pantalla, pero no activaste el interruptor; quisiste saber si yo tenía frío y luego te callaste. No te contesté, era hora de marcharnos y tú te habías acomodado en el sofá con el mando en la mano y no parecía que anidase en ti la intención de levantarte. Llamaste a tu madre, que apareció detrás de mí como si no se hubiese ido. Hablasteis algo de un café, de la tarde de perros que hacía y de tu necesidad de entrar en calor. Yo ya no era capaz de pensar en otra cosa que no fuese en marcharme cuanto antes. Me preguntaste que me pasaba, pero no me apetecía, no sabía o no quería contestar; articular palabras coherentes requerían un esfuerzo inmenso estando, como estaba, en otro sitio; sólo recordé la noche que me habías invitado a ir a ver las aguas del mar a la luz de la luna. Esa noche yo estaba apático, la apatía parece ser mi estado natural y, aunque me agradó ir contigo, no toqué tu cuerpo ni te di un beso, pese a saber que lo estabas esperando y, a medida que iba pasando el tiempo te ponías más, no sé, creo que impaciente, y cuando comprobaste que no se iban a cumplir las expectativas que habías depositado en aquel momento supuestamente perfecto, dijiste: La vida está en otra parte. No leí la novela, dije. No me refería a la novela, dijiste. Te miré extrañado y dije: Si sabes donde está, a mí no me importa ir contigo, aquí se está bien, pero seguro que no es el único sitio donde se puede estar a gusto. Te recostaste sobre la arena, comentaste algo relativo a la bóveda celeste, no sé qué de la Osa Menor y que la última de su cola era la Estrella Polar, luego, sin transición, dijiste que no te referías a eso con lo de la vida; la noche era cálida, yo ya me había perdido y no te entendí y ahora estoy preparado desde hace dos horas, esperando tu decisión para marcharnos o tendré que irme sin ti, ¿sabes?, es terrible llegar a casa con el tiempo justo, además, hace una tarde de perros.
© Francisco Devesa – 2011
Publicado en Las Esperas
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Haiku 109
Publicado en Poesía (Haiku)
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Abismos interiores
Tengo una sensación extraña, Romu, siento que mi piel parece estar disociada de mi cuerpo, eso me crea un malestar amargo, mi mente fluctúa y me hago preguntas sobre el valor de la existencia, por qué pasamos por aquí si no va a haber algo de nosotros que trascienda; qué o quien soy, que es la realidad o que se esconde detrás de mí. Tú lo sabes, poco hay, soy más bien vacío, sólo me lleno a impulsos empleando la voluntad. Si fueras otro, esta confesión podría llevarte a pensar que tengo de mí mismo un concepto triste y devaluado, el de un ser que lleva implícito un cierto grado de impostura; pero tampoco creo que sea así, a veces, con todo lo que he pasado o que ha pasado por mi vida, quiero pensar que soy íntegro, un ser humano que no debe nada a nadie, que nunca ha tenido la necesidad de ser bueno, me cuido de no reírle las tonterías a los poderosos ni inclino mi frente ante la fastuosidad, quiero pensar que ahí radica mi grandeza y eso, sólo eso, me reconforta. Pero el malestar que me corroe es recurrente, una naranja amarga que adquieres con cierta alegría como si compraras un objeto útil, un precioso elemento que te desvelará el sentido de la existencia, y luego, cuando tomas conciencia de lo que es en sí mismo, es tuyo, ya no puedes deshacerte de él. Me miras con cara extraña, si te aburro me lo dices y callo, después de todo, ninguno de los dos estamos para murgas, ni tú ni yo salimos de los vientres de nuestras madres con el cupón premiado, ¿sabes?, no estaba feliz el cielo cuando nacimos, ni siquiera el sol iluminaba nuestro signo. ¿Recuerdas cuando quise vender mi alma al diablo?, ¿conoces lo que pasó?
…
Bien, una noche lúgubre y tenebrosa se presentó ante mí y después de un largo regateo y de charlas inútiles, me dijo que no le servía, hoy día, comentó, hay basura más hermosa en los contenedores; al principio me enfadé, luego no me quedó más remedio que darle la razón. Vuelvo a ver en tu rostro una cierta extrañeza, es lógico, no hay diablos, Romu, los satanases viajan dentro de nosotros y siempre es con nuestra voz interna con quien dialogamos; así que, por lo que me dije, puedes deducir como va mi supuesta alma. Sé que tú eres más impermeable, has renunciado antes y has aunado cinismo, en el sentido más puro de la palabra, con el estoicismo y te veo en paz. Pero yo me hice ilusiones, por qué no, acaso no tenía derecho a soñar con una parcela de normalidad, una mujer, algún hijo, un suegro o una suegra con quien enemistarme, un trabajo mal pagado, un préstamo a amortizar en cómodos plazos, preocupaciones y alegrías comunes a la mayoría de los hombres; ver crecer a los chicos, interesarme por ellos, sus estudios, su futuro, tener a mi esposa en un lugar preeminente… y ya ves, aquí estoy, sumergido en una sustancia incómoda sin saber que daño pude haber infringido al universo para que, incluso, tan poco, me fuese negado; ¿tomamos algo más?
…
De acuerdo, yo también. Recuerdo cuando empecé a salir con mi primera novia, ¡joder, cuantas cosas sentía, parecía el rey del mundo!, y nada hay de singular en eso. Salud, Romu.
No es tu piel la que se resiente, es tu carne; pero bebamos y brindemos por Diógenes, Camus, Cioran, Sartre… En resumidas cuentas, por todos o todo aquello que nos ha hecho ser como somos y no de ninguna otra manera.
© Francisco Devesa – 2011
Publicado en Lo invisible
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Poema 46
Rodando por tu cintura,
impulsos de fantasía,
ay Tánatos que me buscas
y Eros que me dominas,
trae a Apolo hasta mi casa
con su luz salvaje y líquida
y aparta de mí las sombras
de muertes y agonías,
Dionisio porta deleites
de feroz idolatría,
y Helios, que ya germina
espejismos que destilan
caricias tan exquisitas
que abren sobre la aurora
caminos y avenidas,
ventanales de este bar
donde bebemos la vida
entre sorbo y trago largo
Caronte espera en la esquina
en su barca apostado
con paciencia infinita,
y Zeus, con mirada curva
entre meandros y astillas
ve a Afrodita emplear
encantos y más delicias,
para enredarme en tu pubis
y atarme a tus pupilas,
y rodar por las esferas
de tu cintura encendida.
© Francisco Devesa – 2011
Publicado en Poesía
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