Conglobación

Ha quedado vacío de contenido el barco de papel que una tarde, talvez de amor, dibujé para ti. El catalejo pirata languidece lleno de polvo, como un recuerdo nebuloso y pesado, sobre una repisa anodina, a la que nunca nadie llega. Los pantys negros, olvidados en el cajón de mis camisas, ya no recuerdan olores y formas, se han olvidado de que un día su goma ciñó tu cintura y sólo queda, como un fantasma, la prominencia arrugada e irreconocible de tu pubis. La brújula sigue en su sitio, no he vuelto a mirarla, y no sé si su aguja marca algún norte o se empeña, como un relámpago antiguo, en indicarme que un día, o talvez una noche, eras quien determinaba rumbos desconocidos. Nunca más he vuelto a leer el libro cargado de indiferencias y maravillas; Lo dejaría todo, todo lo tiraría, decías desde él, y tu mirada oscura, recorriendo sus letras, indecisa y luego sonreías y afirmabas: Ha sido, ocurrió, es verdad. Pero yo ya no estaba, como hoy el catalejo, contigo; aunque a veces, sin quererlo, una lágrima, una sola lágrima, recorre mi mejilla cuando se acercan a mí las lacerantes sombras de los árboles y nadie, bajo ellas, sonríe, como tú lo hacías, sobre mi alma. Sé que me he ido, nada queda y, como nos recuerda el libro: Los dos. ¡Qué descarrío!Y no se dormirán, se despertarán al fin en nuestro sueño, Porque has vuelto los misterios del revés y hasta las esferas van relegando su camino. El olvido, siempre nos vence el olvido.

© Francisco Devesa – 2012

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Tránsitos

Estaba allí. Todas las evidencias lo demostraban, sin embargo, la certeza de que fuera así no la teníamos ninguno de nosotros. Alguien, no sé quien, maldijo la niebla. Luego el silencio. El río discurría manso y callado. Atrapados en el centro de la nada parecíamos haber sido tragados por el valle y el espíritu de la selva nos había poseído. Luanca se sentó mientras lloraba suavemente. Alfredo abrió su navaja suiza y el sugerente chasquido penetró en nuestros oídos como si la hoja nos hubiese atravesado los cerebros; por un momento nos aferramos a la esperanza que representaba aquel gesto, pero se quedó ahí y vimos como, con mirada idiotizada por el desconcierto, sus ojos quedaron prendidos en el espejo de la lámina de acero. “Estamos muriendo”, dijo Víctor con voz entrecortada. Sus palabras me parecieron una insensatez; nada indicaba que la suerte estuviese echada, habíamos llegado caminando tras tres días con sus noches hasta aquel punto concreto en el que la vida parecía diluirse, descomponerse, licuarse, donde quedaba de manifiesto que cualquier atisbo de esperanza, toda representación simbólica, o cualquier indicio de realidad, superaba nuestra inteligencia y la nada era la señal palpable de que nuestras vidas habían encallado en algo o en el sin-algo que nos superaba, pero teníamos fuerzas, estábamos vivos; por eso, sólo hacía falta que todos a la vez tomásemos conciencia y, a partir de ahí, negando a Poe, encontraríamos el camino, aun sabiendo que estaba allí y que todas las evidencias lo demostraban.

© Francisco Devesa – 2012

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Poema 47 (cubismo)

Toqué sus labios
y me he ido
tras el espasmo
proporcionado
de su mirada,
nariz cuadrada,
cejas azules
no alineadas,
que tontería
¿quién ha subido,
plegado el ceño,
a la mejilla?

© Francisco Devesa – 2011
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La belleza inacabada

Hemos llegado al final del camino y no veo a los jinetes del Apocalipsis.
Hemos llegado al fin del mundo y yo de aquí no paso ni tengo ganas de esperar por ellos, por cierto, ¿cuántos son?
Nadie contestó, seguíamos mirando el fin del mundo como embelesados, una auténtica obra de arte inacaba, dijo alguno de nosotros.
¿Quién lo ha hecho?
Nadie lo sabe, es la primera vez que estamos aquí, ¿por qué lo quieres saber?
No sé si es curiosidad o afán de transcendencia, en cualquier caso, quisiera saberlo y que quede claro que yo de aquí tampoco paso.
Por cierto, creo que alguien ya lo ha preguntado, pero ¿cuántos son los jinetes del Apocalipsis?
Me gustan los abismos más que los apocalípticos, por consiguiente, me da igual cuantos sean, pero yo también quiero dejar constancia que de aquí no paso, ¿alguno de vosotros ha traído el sapo?
Nos miramos todos y todos afirmamos con la cabeza.
Sin sapo, no habría jinetes y sin jinetes el Apocalipsis quedaría lejos; hay una cosa que me preocupa, estamos aquí para esperar a unos jinetes que pueden venir montados sobre cualquier cosa, los caballos hace tiempo que han dejado de ser un medio de transporte, y ninguno de nosotros, ignorantes, sabemos cuantos son.
Miremos el abismo, el fin del mundo es agradable, fijaos allí, debe de ser por donde se ponen las estrellas cuando se retiran, ¿alguien ha escuchado decir que son enormes?, ¿qué se comen entre ellas a través de agujeros negros que tienen tanta capacidad de absorción que no dejan escapar ni la luz?, ¡avaros!, ¡mirad, mirad, ahí va la luna, ¡joder, espero que no se desequilibre y se hunda en un abismo de melancolía!… ahora que bien pensado, no estaría mal por todo lo que lleva haciendo en la tierra, con los licántropos se pasa, a los enamorados los deja tontos, revoluciona las mareas y a un toro que ama su reflejo en las aguas del río abandona por las noches la manada, pero si ella se desequilibra, supondría para la tierra un enorme trastorno o cataclismo.
Parecéis corrotas, digo cotorras, no paráis de hablar y los jinetes, los que sean, siguen sin aparecer, si no fuera porque el fin del mundo es tan hermoso, ahora mismo me iría; a propósito, se me ocurre una pregunta, ¿creéis que esto está terminado?
Ninguno contestó, pero todos pensamos en la Sagrada Familia.
Esto es de locos, todos hemos pensado en la Sagrada Familia: José, María y Jesús, no sé si eran más, ¿primos, tíos y abuelos cuentan?
No contestaré a eso, además algo o alguien se acerca, si son los jinetes, mostraos firmes, tu, Juan Ramón, alisa la casaca, joder, que la has puesto perdida de estar apoyado con el pecho sobre el suelo mirando el precioso precipicio.
No sé si serán los caballeros apocalípticos, no escucho ruido de cascos, más bien parece el ruido de un dos caballos, o, talvez, de un Diane seis, si son ellos, una cosa tengo clara, les gusta la Citroen.
¡Maldita sea!, ¿podéis callaros?
Al unísono volvimos nuestra mirada hacia el abismo, y así, sin hablar, quedamos fascinados. Mientras los jinetes se aproximaban; cuando nos alcanzaron vimos que en el caballo blanco venía la Victoria derrotada; montando un rocín rojo estaba el Señor, aunque parecían muchos, de la Guerra y se le veía contento; sobre la desnutrida montura negra, estaba el Hambre con cara de famélica preocupación e, imponente, el caballo bayo, transportaba sobre su espalda a la Muerte, que destacaba sobre los otros jinetes por su hermosura,  los cascos de sus monturas retumbaban en nuestros oídos como el ronroneo agónico de los dos cilindros del Diane seis y, maravillados, creímos que aquellos cuatro se parecían mucho al fin del mundo; donde llevábamos poco tiempo, ¡no, no, lo recuerdo perfectamente, tú no estabas!

© Francisco Devesa – 2011

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¿A quien espera?

Haré una consulta, dijo Javi, y tomó la pistola y la careta. Los demás lo secundamos. Estábamos todos armados con pistolas y máscaras esperando su decisión. Consumió un tiempo antes de decir algo. No nos miró. Parecía concentrado, analizando cada uno de los factores de peligro con los que nos podíamos encontrar. Luis encendió un cigarrillo de esos de mentira o electrónico y lanzó su humo al aire adoptando la pose de interesante que lo caracterizaba. Gonzalo lo miró fascinado. Seve sonrió mientras pasaba la mano por el caño del arma. Yo me impacientaba. Alfonso se sentó en una caja de cervezas y María José se sentó a su lado. ¿Qué cojones le pasa? Javi levantó la cabeza, parecía un sabueso oteando el aire y daba la sensación de estar en trance. ¿Recuerdas? Luis, largando humo por la nariz, hizo movimientos afirmativos. Javier se volvió hacia nosotros y dijo: Hoy, en el asalto, morirá uno, pero no pude determinar quien de nosotros va a ser; sería conveniente abortar el asalto, ¿qué opináis? Nadie contestó. El silencio se prolongó y, después de recorrer nuestras almas, se apostó en cada rincón de la casa y cuanto más tiempo pasaba, más difícil parecía de romper. Así estuvimos hasta que Luis dijo: ¡El hombre que sabe fumar, echa el humo después de hablar!, ¡nada de abortos!, eso no es discutible, el que no quiera venir, que se quede, está en su derecho, pero hemos estado demasiado tiempo planeando esto como para interrumpirlo ahora porque uno de nosotros puede palmarla, yo no quedo en este miserable antro mientras consumo boquillas de mierda; además, no tenemos más alcohol. Nadie dijo nada, nadie estaba hablador ese día. Javier se puso en marcha y nosotros lo seguimos. Por fin empezaba a pasar algo. Hacía calor y todos sudábamos.

© Francisco Devesa – 2011

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Frío en el cuerpo

Es el frío, dijiste, y bajaste la cabeza como si fueras a encontrar calor en el suelo. Tu madre miraba sin comprender y, como si sintiese una imperiosa necesidad de eclipsarse, se marchó a la cocina sin apenas hacer ruido. Luego te sentaste con el mando de la tele en la mano y yo seguía callado, te observaba y no conseguía saber que pasaba, esperando de un momento a otro ver aparecer imágenes en la pantalla, pero no activaste el interruptor; quisiste saber si yo tenía frío y luego te callaste. No te contesté, era hora de marcharnos y tú te habías acomodado en el sofá con el mando en la mano y no parecía que anidase en ti la intención de levantarte. Llamaste a tu madre, que apareció detrás de mí como si no se hubiese ido. Hablasteis algo de un café, de la tarde de perros que hacía y de tu necesidad de entrar en calor. Yo ya no era capaz de pensar en otra cosa que no fuese en marcharme cuanto antes. Me preguntaste que me pasaba, pero no me apetecía, no sabía o no quería contestar; articular palabras coherentes requerían un esfuerzo inmenso estando, como estaba, en otro sitio; sólo recordé la noche que me habías invitado a ir a ver las aguas del mar a la luz de la luna. Esa noche yo estaba apático, la apatía parece ser mi estado natural y, aunque me agradó ir contigo, no toqué tu cuerpo ni te di un beso, pese a saber que lo estabas esperando y, a medida que iba pasando el tiempo te ponías más, no sé, creo que impaciente, y cuando comprobaste que no se iban a cumplir las expectativas que habías depositado en aquel momento supuestamente perfecto, dijiste: La vida está en otra parte. No leí la novela, dije. No me refería a la novela, dijiste. Te miré extrañado y dije: Si sabes donde está, a mí no me importa ir contigo, aquí se está bien, pero seguro que no es el único sitio donde se puede estar a gusto. Te recostaste sobre la arena, comentaste algo relativo a la bóveda celeste, no sé qué de la Osa Menor y que la última de su cola era la Estrella Polar, luego, sin transición, dijiste que no te referías a eso con lo de la vida; la noche era cálida, yo ya me había perdido y no te entendí y ahora estoy preparado desde hace dos horas, esperando tu decisión para marcharnos o tendré que irme sin ti, ¿sabes?, es terrible llegar a casa con el tiempo justo, además, hace una tarde de perros.

© Francisco Devesa – 2011

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Haiku 109

Pasamontañas
audio criptografía
de tus palabras.

© Francisco Devesa – 2011

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