La vida entre ruinas

Foto: Francisco Devesa
Ruinas 05-05 - copia
  
*La risa es uno de los grandes misterios del ser humano. Con una sonrisa te pueden hacer feliz o desgraciado, Encolerizar o desarmarte.
Muchos han sido los humanistas que han tratado el tema, así Bergson le ha dedicado un amplio análisis. Ha sido tratada por Kundera y, Umberto Eco, en el libro “El nombre de la rosa” hace que la trama gire en torno a un supuesto manuscrito de Aristótles, filósofo importante para los padres de la, en buena parte, aún actual Teología o Filosofía Escolástica, donde, se supone, analiza el tema de la risa, considerada en su tiempo por la Iglesia más amiga del Diablo que de Dios.
 

 

“<<Reía para liberar a su espíritu>>. Escribió una vez James Joyce. La risa parece ser la reacción más inmediata cuando, tras una larga noche en la que al parecer se nos cerraban todos los caminos, respiramos el aire puro de la libertad. El héroe de la novela de Hermann Hesse ‘El lobo estepario’ ríe al final de su odisea a través del teatro mágico, cuando ve que la realidad consiste únicamente en eligir una de innumerables puertas abiertas. Y no otra cosa parece hacer el discípulo zen en el momento de su iluminación: ríe”
 Paul Watzlawick
 

 

“Quítame el pan, si quieres,
quítame el aire, pero
no me quites tu risa.
Ríete de la noche,
del día, de la luna,
ríete de las calles
torcidas de la isla,
ríete de este torpe
muchacho que te quiere,
pero cuando yo abro
los ojos y los cierro,
cuando mis pasos van,
cuando vuelven mis pasos,
niégame el pan, el aire,
la luz, la primavera,
pero tu risa nunca
porque me moriría.”

Pablo Neruda 

 

¿Reír? ¿Acaso nos preocupamos alguna vez por reír? Quiero decir reír de verás, más allá de la burla, del ridículo. Reír, goce inmenso y delicioso, todo goce…

Yo le decía a mi hermana, o ella me decía, ven, ¿jugamos a reír? Nos acostábamos una junto a la otra en la cama y empezábamos. Para hacer como que hacíamos, por supuesto. Risas forzadas. Risas ridículas. Risas tan ridículas que nos hacían reír. Entonces venía, sí, la verdadera risa, la risa entera a arrastrarnos en su rompiente inmensa. Risas estalladas, proseguidas, atropelladas, desencadenadas, risas magníficas, suntuosas y locas… y reíamos al infinito de la risa de nuestras risas… Oh risa, risa del goce, goce de la risa; reír es vivir tan profundamente.

El texto que acabo de citar ha sido extraído de un libro titulado Parole de femme. Fue escrito en 1974 por una de las feministas apasionadas que han marcado notablemente el clima de nuestro tiempo. Es manifiesto místico de la alegría. En contraposición al deseo sexual del hombre que, consagrado a los fugaces instantes de la erección, va por lo tanto fatalmente ligado a la violencia, al aniquilamiento y a la desaparición, la autora exalta como su antípoda la alegría femenina, la satisfacción, el placer, con una palabra francesa, jouissance, que es dulce, omnipresente, e ininterrumpida. Para la mujer, en tanto que no está alienada a su propia sustancia, comer, beber, orinar, defecar, tocar, oír e incluso estar presente, todo es goce. Esta enumeración de voluptuosidades se extiende a través del libro como una bella letanía. Vivir es feliz: ver, oír, tocar beber, comer, orinar, defecar, hundirse en el agua y mirar al cielo, reír y llorar. Y si el coito es bello, lo es porque es la totalidad de los goces posibles de la vida: tocar, ver, escuchar, hablar, sentir, pero también beber, comer, defecar, conocer, bailar. Amamantar es también un goce, incluso el parto es goce, la menstruación es una delicia, esa tibia saliva, esa leche oscura, ese derrame tibio y como azucarado de la sangre, ese dolor que tiene el gusto ardiente de la felicidad.

Solo un imbécil podría sonreír ante este manifiesto de la alegría. Toda mística es exceso, el místico no debe tener miedo al ridículo si quiere llegar hasta el fin de la humildad o hasta el fin del goce. Así como Santa Teresa sonreía en su agonía, Santa Annie rc (éste es el nombre de la autora del libro del que tomé esas citas) afirma que la muerte es un fragmento de alegría y que sólo el hombre la teme porque está miserablemente apegado a su pequeño yo y a su pequeño poder.

En lo alto, como formando una bóveda de ese templo de la felicidad, suena la risa, delicioso trance de dicha, colmo extremo del goce. Risa del goce, goce de la risa. Indudablemente, esa risa no tiene nada que ver con la broma, la burla o el ridículo. Las dos hermanas tendidas en su cama no se ríen de nada concreto, su risa carece de objeto, es la expresión del ser que se alegra de ser. Del mismo modo en que por su gemido el hombre se encadena al segundo presente de su cuerpo que sufre (y está fuera por completo del pasado y del futuro), en esa risa estática el hombre no recuerda ni desea, sino que lanza su grito al segundo presente del mundo y solo quiere saber de él.

Sin duda esta escena por haberla visto en decenas de películas malas: una muchacha y un muchacho corren tomados de la mano por un hermoso paisaje primaveral (o veraniego). Corren, corren y ríen. La risa de los dos corredores debe proclamarse al mundo entero y a todos los espectadores de todos los cines: ¡Somos felices, estamos contentos de estar en el mundo, estamos en armonía con el ser! Es una escena estúpida, es cursi, pero expresa una actitud humana fundamental: la risa seria, la risa más allá de la broma.

Todas la iglesias, todos los fabricantes de ropa interior, todos los generales, todos los partidos políticos, se ponen de acuerdo sobre ese tipo de risa y colocan la imagen de los corredores que corren riendo en los carteles con los que hacen propaganda de su religión, de sus productos, de su ideología, de su pueblo, de su sexo y de su polvo para lavar vajilla.

Milan Kundera

“Todos sonreímos, pero pocos de nosotros tenemos conocimiento de la compleja psicología que hay detrás de este comportamiento aparentemente simple. ¿Sonríes porque eres feliz o para hacerle saber a otras personas que eres feliz? Esta pregunta que parece simple ha generado un fuerte debate entre los investigadores. Algunos afirman que la sonrisa es manejada casi enteramente por un sentimiento interior de felicidad, mientras que otros argumentan que es una señal social destinada a los que están a tu alrededor sepan cómo te sientes”.

Rrichard Wiseman

 

 

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