¿Ovni, o ilusión?

Texto y foto*: Francisco Devesa

 Através

Lo había visto. Sin duda alguna era algo que se escapaba al entendimiento humano.

Estaba pasando mi fase romántica: Hölderlin, Rosalía de Castro, Bécquer, Hugo, Espronceda, Goethe… en fin, empapado de romanticismo, y su filosofía se había apoderado un poco de mí. Así podía pasar horas al pie de un faro aguantando temporales, vivir tormentas en lo más alto de cualquier montaña o frecuentar los cementerios a intempestivas horas de la noche. ¡De esta manera ocurrió!

Era el verano del setenta y cinco, el día había sido precioso, hacía calor y la noche prometía. Talvez eran las 20:30 cuando aparqué el coche frente al cementerio parroquial del pueblo. El sol, desde la perspectiva que teníamos Roque y yo, ya era sólo una mancha rojiza en el trozo de horizonte que nos dejaba ver la tapia del campo santo.

Después de bajarnos dejando las ventanillas abiertas –para escuchar, bajito por respeto a los muertos, el poema sinfónico de Músorgski “Una noche en el monte pelado”, música un tanto inquietante, como correspondía a nuestro estado anímico en aquella etapa de búsqueda pueril de nuevas sensaciones– , nos abandonamos, con la espalda sobre la hierba, abundantes cigarrillos y bebidas refrescantes, a nuestras charlas sobre filosofías emergentes en nuestras vidas, las cuales, aún no tenían nombre ni entendíamos.

Aparecieron en el cielo las primeras estrellas sin darnos cuenta. De vez en cuando pasaba algún coche que perturbaba nuestra paz. Menos mal que por aquel entonces la carretera que daba acceso a la población de los muertos no estaba muy concurrida, y estuvimos, la mayor parte del tiempo, tranquilos.

Recuerdo perfectamente cuando apareció. Ni me inmuté. Tenía el convencimiento que más tarde o más temprano llegaría. Se lo señalé a Roque con el índice y le dije: ¡Mira allí!, sin demasiado énfasis.

Era un objeto circular y anaranjado que viajaba, con rumbo definido, de Oeste a Este a tan baja velocidad que si fuese de este mundo  se estamparía  contra  la tierra. Su tamaño, tal como lo veíamos, era poco mayor que un plato sopero; y desde que lo vimos aparecer  por  encima  de  la  pared  que  teníamos enfrente, hasta que desapareció en medio de los árboles del Este, pudieron pasar cerca de dos minutos.

No llevaba cámara fotográfica conmigo, no me importó, sabía que no sería la última vez que nos íbamos a encontrar.

Sentí que una paz profunda y suave me recorría el cuerpo y me quedé… es difícil de explicar mis sensaciones… era algo indefinido… como si mi ser entrara en comunión con el cosmos y todas las fuerzas telúricas que me empujaban a la búsqueda de nuevas sensaciones, de repente, confluyesen en aquel punto para darme la razón y me reconciliaran conmigo y con la tierra sobre la que reposaba mi cuerpo. ¡Había más mundos! ¡El romanticismo era posible! ¡Dios no existía, pero no estábamos solos en el Universo!

Hoy no estoy seguro de ninguna de las aseveraciones que me hice en aquellos instantes, y considero el Romanticismo un anacronismo, una filosofía superada, aunque atractiva y cautivante para ciertas etapas de la vida.

Ahora, que ya dejé de buscar, sigo viendo, de vez en cuando, objetos extraños en el cielo; pero, tal como el Romanticismo, han dejado de interesarme.

 

*La foto es una representación abstracta de algo tangible, por lo que no se corresponde con ningún objeto volador no identificado.

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