Vestigios de los naufragios

                                                                        
Este artigo foi publicado en La Voz de Galicia o 1 de marzo de 1998 en gallego

Vestigios de los naufragios

De la infinidad de naufragios que se dieron a lo largo de los años desde La Torre de Hércules hasta Finisterre, siguen quedando vestigios como testigos mudos en bastantes casas de las villas de La Costa de la Muerte. Yo mismo poseo un icono con la representación de un Perpetuo Socorro –seguramente de un barco ruso o griego–, y un hermoso compás de cuadrante, hecho en latón, y fabricado en Inglaterra, que debió servir en su tiempo para hacer cálculos en la derrota de algún mercante que el mal tiempo trajo a las proximidades de los bajíos de Camelle.

Esto es sólo una pequeña muestra. Pero escuché hablar de muchos y sorprendentes objetos, como por ejemplo de un silbato que tenía un sonido tan potente que se podía oír más allá de cinco kilómetros y de una bitácora tan buena que la compraría cualquier marinero que la viese aun teniendo que sacar el dinero de los ahorros. Sin embargo, lo más asombro de lo que tengo noticia es de un cristal macizo, en el interior del cual, dicen, hay una pluma del ave Fénix, encontrado entre los restos de un vapor inglés que había salido de Chipre buscando un punto de la Francia Atlántica y jamás llegó a su destino.

Tal sorprendente historia me la narró mi amigo Pepe el del “Miramar”, que la escuchó contar en el bar a algún viejo marinero que a su vez también la había escuchado. Y aunque no hay nadie que tenga referencias claras y concretas de persona alguna que viera tal maravilla, no deja de ser hermoso escuchar narrar con todo lujo de detalles como fue rescatado, de entre el carbón, algo que por ser tan portentoso es casi seguro que no existe.

13-05-08 (2) - copia

 Texto e foto: Francisco Devesa
***

FÉNIX[INF.] Existe, dice Herodoto, una ave sagrada que se llama Fénix, y que no se ha visto más que en pintura. Nace en Arabia. Es del tamaño de un águila; su plumaje, encarnado y de color de oro; cada quinientos años va a Egipto, cargada con el cadáver de su padre envuelto en mirra y le entierra en el templo del sol. Los historiadores le conceden doce mil novecientos cuarenta y cuatro años de vida. Cuando conoce que está cercana a su muerte se fabrica con incienso un ataúd en el cual se mete en el tiempo señalado y muere allí; su carne corrompida produce un gusano que se alimenta con el humor del animal muerto y se viste de plumas para poder seguir llevando a Egipto el sepulcro de su padre cada quinientos años.

El Bestiario de Ferrer Lerín

   Fénix

Ave mítica del tamaño del águila, adornada con ciertos rasgos del faisán. La leyenda dice que cuando veía cercano su fin, formaba un nido de madera y resinas aromáticas, que exponía a los rayos del sol para que ardieran y en cuyas llamas se consumía. De la médula de sus huesos nacía otra ave fénix. En la tradición turca se le da el nombre de Kerkés. Los relatos persas le dan el nombre de Simorgh. Igual que en otros aspectos, simboliza la periódica destrucción recreación. Wirth da un sentido psicológico a este ser fabuloso al decir que todos poseemos en nosotros un fénix que nos permite sobrevivir a cada instante y vencer a cada una de las muertes parciales que llamamos sueño o cambio. En China, el Fénix es el emperador de las aves y simboliza el sol. En el Occidente cristiano, significa el triunfo de la vida eterna sobre la muerte. En alquimia, corresponde al color rojo, a la regeneración de la vida universal y a la finalización de la obra.

Juan Eduardo Cirlot “Diccionario de símbolos”

 

   El ave Fénix

En efigies monumentales, en pirámides de piedra y en momias, los egipcios buscaron eternidad; es razonable que en su país haya surgido el mito de un pájaro inmortal y periódico, si bien la elaboración ulterior es obra de los griegos y de los romanos. Erman escribe que en la mitología de Heliópolis, el Fénix (benu) es el señor de los jubileos, o de los largos ciclos de tiempo; Herodoto, en un pasaje famoso (II, 73), refiere con repetida incredulidad una primera forma de la leyenda:

<<Otra ave sagrada hay allí que sólo he visto en pintura, cuyo nombre es el de Fénix. Raras son, en efecto, las veces que se deja ver, y tan de tarde en tarde, que según los de Heliópolis, sólo viene a Egipto cada quinientos años, a saber cuando fallece su padre. Si en su tamaño y conformación es tal como la describen, su mole y figura son muy parecidas a las del águila, y sus plumas, en parte doradas, en parte de color carmesí. Tales son los prodigios que de ella no omitiré el referirlos. Para trasladar el cadáver de su padre desde Arabia hasta le Templo del Sol, se vale de las siguiente maniobra: forma ante todo un huevo sólido de mirra, tan grande cuanto sus fuerzas alcancen para llevarlo, probando su peso después de formado para experimentar si es con ellas compatible; va después vaciándolo hasta abrir un hueco donde pueda encerrar el cadáver de su padre, el cual ajusta con otra porción de mirra y atesta de ella la concavidad, hasta que el peso del huevo preñado con el cadáver iguale al que cuando sólido tenía; cierra después la abertura, carga con su huevo, y lo lleva al Templo del Sol en Egipto. He aquí, sea lo que fuere, lo que de aquel pájaro refieren>>

Unos quinientos años después, Tácito y Plinio retomaron la prodigiosa historia; el primero rectamente observó que toda antigüedad es oscura, pero que una tradición ha fijado el plazo de la vida del Fénix en mil cuatrocientos sesenta y un años (Anales VI, 28). También el segundo investigó la cronología del Fénix; registró (X, 2) que, según Manilo, aquél vive un año platónico, o año magno. Año platónico es el tiempo que requieren el sol, la luna y los cinco planetas para volver a su posición inicial; Tácito, en el Diálogo de los oradores, lo hace abarcar doce mil novecientos noventa y cuatro años comunes. Los antiguos creyeron que, cumplido ese enorme ciclo astronómico, la historia universal se repetiría en todos sus detalles, por repetirse los influjos de los planetas; el Fénix vendría a ser un espejo o una imagen del universo. Para mayor analogía, los estoicos enseñaron que el universo muere en el fuego y renace del fuego y que el proceso no tendrá fin y no tuvo principio.

Los años simplificaron el mecanismo de la generación del Fénix. Herodoto menciona un huevo, y Plinio un gusano, pero Claudiano, a fines del siglo IV, ya versifica un pájaro inmortal que resurge de su ceniza, un heredero de sí mismo y un testigo de las edades.

Pocos mitos habrá tan difundidos como el del Fénix. A los autores ya enumerados cabe agregar: Ovidio (Metamorfosis, XV), Dante (Infierno, XXIV), Shakespeare (Enrique VIII, V, 4), Pellicer (El Fénix y su historia natural), Quevedo (Parnaso español, VI), Milton (Samson Agonistes, in fine). Mencionaremos asimismo el poema latino De Ave Phoenice, que ha sido atribuido a Lactancio, y una imitación anglosajona de ese poema, del sigo VIII. Tertuliano, San Ambrosio y Cririlo de Jerusalén han alegado el Fénix como prueba de la resurrección de la carne. Plinio se burla de los terapeutas que prescriben remedios extraídos del nido y de las cenizas del Fénix.

Jorge Luis Borges “El libro de los seres imaginarios”

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