La levedad de los signos

            Camelle 06-08-07 (12)
Texto y foto: Francisco Devesa
Este artículo fue publicado en La Voz de Galicia el 2 de septienbre de 1999 en gallego.
La levedad de los signos

De las muchas narraciones que sobre Camelle me contaba mi tía Alejandra siendo yo muy niño, recuerdo una en especial, que me la narró muchas veces.

La historia era que, cualquier joven que pasara por las calles de Camelle en el mes de la canícula, siendo recorridas por aires calientes, luna llena sin haber salido, una brisa de viento sur y el mar del color del estaño, todas las chicas casaderas que lo vieran, quedarían enamoradas de él; pero había un maleficio, pues ni él, ni ellas, sabrían jamás de ese amor. Y a las chicas les entraría una especie de melancolía que, incluso conociendo más tarde el amor de otro hombre, la melancolía las acompañaría de por vida. Y para el chico era incluso peor, pues olvidaría un poco el sentido de la realidad –sin llegar a estar loco–, jamás sería capaz de interpretar correctamente las miradas de las mujeres y se perdería en trabajos sin final, como trenzar artilugios de hilo para la pesca del congrio sin tener necesidad de ellos; anudar al sedal cajas y cajas de anzuelos que, de tantos, acabarían siendo inútiles o transportar piedras para construir paredes donde no había necesidad de que fueran hechas.

Cuando llegaba a este punto, siempre le preguntaba: ¿Y si pasa una chica?

Para la mujer es muy parecido –me decía–, sólo cambia que no debe haber viento y antes de que salga la luna, el mar tiene que quedar del color del oro, haber pleamar y en toda la villa se debe percibir el olor a humo de los rastrojos de las patatas. Entonces, todos los chicos que la vean pasar, quedarán tan prendados de ella, que acabarán confundiendo las señales. Y no sabrán si aman a la chica, al mar o a la tierra hecha sustancia en el aroma del rastrojo de las patatas. Y tú, cuando seas mayor, deberás tener cuidado, pues si la chica es mala, hará extraños juegos de miradas, hablará palabras que confunden y bailará cumbias con tanta gracia, que os arrancará el alma del cuerpo. Y como no seréis capaces de descifrar los gestos, por no saber si amáis al mar, a la tierra o a la chica; sentiréis que estáis siempre en la mitad de un camino.

Este jueves pasado, mi amigo Pepe y yo nos fuimos a dar un paseo hasta el muelle de Manfred. El mar estaba del color del oro, no hacía viento, la luna a punto de ser llena y un olor a rastrojo de patatas ardiendo llenaba la villa. Entonces, vimos aparecer una chica que nos pareció preciosa, la perdimos de vista cuando bajó a visitar las piedras ensambladas por Man. Nos miramos y luego extraviamos la mirada en la luz del atardecer. Cuando nos dimos cuenta, la chica, que observaba con curiosidad el museo, seguía pareciéndonos preciosa, pero el cielo ya se había vuelto del color del plomo, el mar estaba gris y corría una ligera brisa de viento sur.

Traducción hecha por F.D.

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